Más presión no significa mejor masaje: cómo elegir la intensidad adecuada

Thomas Delesalle explica por qué un masaje más fuerte no es necesariamente mejor y cómo adapta la presión, la profundidad y la intensidad durante una sesión de quiromasaje.

Thomas Delesalle

10/10/20266 min leer

Hay clientes que, antes de empezar, me dicen una frase muy concreta: «a mí me gusta fuerte».

La entiendo perfectamente. En muchas ocasiones quieren diferenciar lo que buscan de un masaje demasiado superficial, de esos en los que la sensación es agradable pero las manos apenas llegan a trabajar con profundidad. El problema aparece cuando identificamos automáticamente profundidad con fuerza y, todavía más, cuando damos por hecho que cuanto mayor sea la presión, mejor será el masaje. No trabajo así.

La presión es una de las herramientas más importantes que tengo sobre la camilla, pero sigue siendo una herramienta. No es una medida de calidad ni una demostración de capacidad técnica. Una presión tiene sentido cuando está bien elegida para la persona, para la zona, para el momento de la sesión y para la maniobra que estoy ejecutando.

En una misma hora puedo trabajar de manera muy superficial y, unos minutos después, hacerlo con bastante profundidad. Las dos cosas pueden ser igualmente técnicas. La cuestión está en saber por qué utilizo una u otra.

La profundidad no depende únicamente de cuánto aprietan las manos

Cuando hablamos de presión tendemos a pensar en una escala muy sencilla: suave, media o fuerte.

Sobre la camilla resulta bastante más interesante. No produce la misma sensación aplicar una determinada fuerza con toda la palma que concentrarla sobre una superficie mucho menor. Tampoco es igual mantener una presión estática que desplazarla, avanzar lentamente que hacerlo con más velocidad o trabajar perpendicularmente sobre una zona que modificar ligeramente el ángulo de entrada.

Por eso, cuando alguien me pide «más fuerte», mi respuesta no consiste necesariamente en contraer más los brazos. Puedo cambiar el apoyo. Puedo reducir la superficie de contacto. Puedo modificar la velocidad de la maniobra. Puedo acompañarla con mayor transferencia de peso corporal. Puedo permanecer algo más de tiempo antes de avanzar. Todo eso modifica cómo llega el trabajo a la persona.

Y ahí aparece para mí una diferencia fundamental entre hacer fuerza y controlar la presión.

Si necesito utilizar continuamente la musculatura de brazos y hombros para conseguir intensidad, mi propio cuerpo pierde estabilidad y mi capacidad para dosificar se reduce. En cambio, cuando la posición respecto a la camilla es adecuada y puedo utilizar el desplazamiento de mi peso, la presión deja de depender únicamente de la fuerza muscular.

Se vuelve mucho más graduable.

Esto es especialmente evidente cuando trabajo con antebrazo. No lo utilizo simplemente porque permita ejercer más fuerza que una mano. Me interesa porque ofrece una superficie diferente, me permite distribuir el peso de otra manera y, en determinadas zonas, mantener una presión amplia y estable sin perder continuidad.

Una presión profunda bien controlada puede sentirse mucho más cómoda que una presión menor mal aplicada.

Llegar profundo no significa empezar profundo

Hay otro aspecto que considero importante: la presión también tiene un momento.

Si alguien me pide un trabajo intenso en espalda, no significa que tenga sentido empezar la sesión con la máxima profundidad que esa persona puede tolerar. El contacto cambia a medida que avanza el masaje.

Al principio necesito conocer cómo recibe la persona mi trabajo. Las primeras maniobras me permiten establecer una referencia: cuánto contacto acepta con comodidad, cómo responde cuando incremento progresivamente la presión y en qué zonas esa progresión puede hacerse con más facilidad o necesita más tiempo.

Cuando después trabajo con mayor profundidad, ya no estoy entrando sobre una zona desconocida de la misma forma. He llegado hasta allí. Para mí esa progresión tiene mucho valor técnico.

A veces un cliente que inicialmente me ha pedido mucha presión acaba recibiendo un trabajo profundo, efectivamente. Otras veces descubro que lo que buscaba no era exactamente una mayor fuerza, sino una sensación de contacto firme, lento y sostenido. Son cosas diferentes.

Y también puede ocurrir lo contrario: alguien que inicialmente pide una intensidad moderada recibe perfectamente un trabajo más profundo cuando la sesión ha avanzado y se ha llegado a él de forma progresiva.

Por eso no considero útil fijar al comienzo un nivel de presión —«tú eres un 7 sobre 10»— y mantenerlo durante una hora como si fuese una característica permanente del cliente.

La intensidad se construye durante la sesión.

El dolor no es una unidad de medida

En torno al masaje profundo existe una idea que aparece con cierta frecuencia: si duele, está funcionando. No la comparto.

Eso no significa que todo masaje tenga que resultar siempre suave o completamente confortable. Hay determinados trabajos localizados que pueden generar una sensación intensa y que el cliente recibe bien porque entiende lo que estamos haciendo y se siente cómodo dentro de esa intensidad.

Pero hay una diferencia considerable entre intensidad y lucha.

Cuando la persona empieza a contener la respiración, apartarse del contacto o contraer el cuerpo de forma evidente para soportar lo que estoy haciendo, para mí esa respuesta importa.

No porque pueda extraer de ella una conclusión clínica —no es mi ámbito—, sino porque me está diciendo algo muy sencillo sobre el masaje que estoy ejecutando: esa presión, de esa manera y en ese momento, no está siendo bien recibida.

Puedo reducirla.
Puedo cambiar la maniobra.
Puedo ampliar la superficie de contacto.
Puedo abandonar momentáneamente esa zona y volver más tarde.

Lo que no necesito hacer es «ganar» al tejido.

A veces veo esta relación con la presión casi como una cuestión de orgullo profesional: cuanto más aguanta el cliente y más fuerte trabaja el masajista, mejor ha sido el masaje. Para mí es justo al revés.

El control se demuestra pudiendo aumentar la intensidad, pero también pudiendo reducirla en cuanto deja de tener sentido.

“Más fuerte” tampoco significa lo mismo en todo el cuerpo

Otra razón por la que no trabajo con una presión fija es que una persona no recibe igual el contacto en todas las zonas.

Un cliente puede disfrutar de bastante profundidad en una parte amplia de la espalda y preferir un trabajo mucho más moderado cerca de la base cervical. Puede querer intensidad en piernas y muy poca en pies. Incluso dentro de una misma región encuentro diferencias evidentes en cómo se recibe el trabajo. Esto obliga a mantener atención durante toda la sesión.

El cliente me orienta con sus preferencias y con lo que me dice. Yo aporto mi criterio sobre cómo ejecutar el trabajo. Entre ambas cosas vamos encontrando una intensidad adecuada.

No me interesa que sea el cliente quien tenga que dirigir técnicamente el masaje indicándome cada minuto «más», «menos», «ahora ahí». Pero tampoco creo en una sesión en la que el profesional decide al principio qué presión considera correcta y deja de escuchar después.

La comunicación no debería interrumpir constantemente el masaje, pero tiene que existir. Muchas veces basta con una pregunta puntual cuando cambio claramente la intensidad o llego a una zona nueva. Después, la propia continuidad del trabajo da mucha información.

Con clientes habituales, además, existe una memoria compartida. Ya sé qué tipo de presión suelen preferir, qué zonas reciben mejor un trabajo profundo y cuáles requieren más progresión. Pero incluso entonces vuelvo a comprobarlo.

Porque la misma persona no llega igual todos los días.

La presión también depende del objetivo de la sesión

No utilizo la intensidad de la misma manera en un masaje orientado a la relajación que en una sesión donde el cliente busca un trabajo más localizado. Esto parece evidente, pero no significa que relajante sea sinónimo de superficial ni que descontracturante signifique trabajar siempre con mucha presión.

En un masaje relajante puedo utilizar un contacto firme. La diferencia está muchas veces en cómo se aplica: continuidad, ritmo, amplitud de la maniobra y ausencia de cambios bruscos pueden ser más determinantes para la experiencia que una presión muy ligera.

Del mismo modo, en un trabajo descontracturante puedo alternar momentos de bastante profundidad con otros mucho más amplios y moderados. La presión nunca actúa sola. Forma parte de una combinación. Por eso tampoco entiendo Deep Tissue como «el masaje que se hace más fuerte».

Trabajar con profundidad exige control, progresión y elección de apoyos. En determinadas situaciones una técnica profunda puede realizarse con mucha precisión y sin convertir la sesión en una experiencia agresiva.

Para mí, ese es precisamente el interés técnico: alcanzar profundidad sin confundirla con violencia.

La presión adecuada no siempre es la máxima que alguien puede soportar

Cuando termina una sesión, no me pregunto si he conseguido trabajar lo más fuerte posible. Me interesa mucho más si la intensidad que he utilizado ha tenido sentido durante el conjunto de la hora.

Hay momentos en los que aumentar presión mejora claramente el trabajo que estoy haciendo. Otros en los que mantenerla aporta más que seguir aumentando. Y otros en los que reducirla permite continuar de una manera mucho más coherente.

El oficio está en percibir esas diferencias. Quizá por eso, cuando un cliente me dice al principio «a mí me gusta fuerte», normalmente le respondo que perfecto. Y después empiezo progresivamente.

Porque una preferencia es una información valiosa, pero no sustituye al desarrollo de la sesión. Mi trabajo no consiste en demostrar cuánta presión soy capaz de ejercer. Consiste en saber cuánta utilizar, cómo aplicarla y cuándo cambiarla.

Ahí, para mí, empieza la diferencia entre presión y criterio.

Thomas Delesalle
Fundador de Quiroto

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Thomas Delesalle · Quiromasajista · Fundador de Quiroto · Afiliado a COFENAT (nº 13850) · Seguro de responsabilidad civil profesional

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