El criterio detrás de una sesión profesional de quiromasaje

Thomas Delesalle, fundador de Quiroto, explica cómo construye una sesión profesional de quiromasaje y qué decisiones guían su trabajo manual.

Thomas Delesalle

9/24/20267 min leer

Un buen masaje no empieza con las manos: el criterio detrás de una sesión de quiromasaje

Por Thomas Delesalle, fundador de Quiroto

Cuando alguien reserva un masaje descontracturante y, al llegar, me señala un punto concreto de la espalda diciendo «es aquí», esa indicación es importante, pero no determina por sí sola cómo voy a trabajar.

Podría empezar directamente sobre esa zona. Sin embargo, normalmente prefiero hacer otra cosa: entender primero qué espera la persona de la sesión y comenzar el masaje de una manera suficientemente amplia como para no convertir una sensación localizada en todo el plan de trabajo.

Es una decisión sencilla, pero explica bastante bien cómo entiendo el quiromasaje.

Una sesión profesional no debería consistir en encadenar técnicas aprendidas ni en aplicar el mismo protocolo cada vez que alguien selecciona un servicio determinado. El nombre de un masaje orienta; el trabajo empieza cuando ese nombre se encuentra con una persona concreta.

En Quiroto lo he resumido en cuatro verbos: escuchar, entender, adaptar y ejecutar. No los entiendo como cuatro etapas separadas, sino como un proceso que se mantiene durante toda la sesión.

Antes de trabajar una zona, necesito entender la sesión

La conversación previa suele ser breve, pero tiene mucho peso. Quiero saber qué busca la persona ese día, si espera una sesión global o quiere dar prioridad a alguna zona, qué tipo de presión suele recibir bien y si existe alguna circunstancia que deba conocer antes de empezar.

No necesito que el cliente utilice vocabulario técnico. De hecho, lo habitual es que no lo haga.

«Estoy muy cargado.»
«Necesito desconectar.»
«Hoy quiero espalda.»
«Dale fuerte.»

Son expresiones perfectamente válidas. Mi trabajo consiste en entender qué significan en el contexto de esa persona.

Cuando alguien dice «fuerte», por ejemplo, no traduzco automáticamente esa palabra en una determinada cantidad de presión. Puede estar pidiendo profundidad, una sensación de trabajo más intenso o simplemente diferenciando lo que busca de un masaje muy suave.

Esa interpretación es parte del oficio. El cliente aporta la información que solo él conoce: cómo se encuentra, qué busca y cómo recibe el trabajo. Yo tengo que transformar esa información en decisiones de masaje. Y esas decisiones todavía pueden cambiar cuando empiezan a intervenir las manos.

Los primeros minutos no son un trámite

Hay una tendencia a considerar los primeros pases como una especie de introducción antes de llegar al «trabajo de verdad». Yo no los vivo así. Cuando comienzo una espalda con un contacto amplio no estoy únicamente preparando al cliente para técnicas posteriores. Estoy conociendo cómo recibe el masaje.

El deslizamiento de las manos, la respuesta a una determinada presión, las diferencias que encuentro al recorrer un lado y otro o la facilidad con la que puedo avanzar sobre determinadas zonas me van dando información práctica.

No hablo de hacer un diagnóstico. Un quiromasajista no debe convertir lo que percibe bajo sus manos en una conclusión médica. Hablo de algo mucho más elemental y, al mismo tiempo, fundamental para trabajar bien: sentir qué está ocurriendo durante el masaje y dejar que esa información influya en lo que hago a continuación.

Volvamos al punto que el cliente me había señalado al principio.

Después de haber trabajado la espalda de manera más global, probablemente llegue a él con bastante más información que si hubiese empezado directamente allí. Sé cómo ha recibido la persona el contacto, tengo una referencia sobre el resto de la zona y puedo introducir un trabajo más localizado de una forma coherente con todo lo anterior.

Eso modifica completamente mi manera de entender una sesión descontracturante. El punto señalado por el cliente importa. Pero también importa cómo llego hasta él.

Una maniobra no vale por sí misma

En la formación de quiromasaje aprendemos maniobras y formas diferentes de utilizar las manos: pases, amasamientos, fricciones, compresiones, distintos apoyos y maneras de movilizar una zona. Es una base necesaria. Pero llega un momento en que conocer el nombre de una maniobra es mucho menos importante que saber por qué la estás utilizando.

Ese es probablemente uno de los aspectos del oficio que más me interesan.

Un amasamiento no tiene exactamente el mismo sentido al principio de un trabajo que después de haber pasado varios minutos sobre la misma zona. Un pase amplio puede servirme para entrar en una región, pero también para volver a integrar el trabajo después de haber estado concentrado en un punto concreto.

No pienso la sesión como una línea en la que cada técnica tiene que ser necesariamente más intensa o más específica que la anterior. A veces la mejor decisión es volver a ampliar el contacto. O cambiar completamente la forma de trabajar. En la camilla, muchas veces, avanzar significa saber volver atrás.

Esta forma de pensar evita algo que considero un error bastante frecuente: enamorarse de una técnica. Cuando una maniobra funciona bien, es tentador prolongarla simplemente porque está funcionando. Sin embargo, llega un momento en el que puede dejar de aportar.

El profesional tiene que percibirlo.

No existe ningún mérito especial en permanecer sobre una zona durante mucho tiempo ni en demostrar que se domina una técnica determinada. El valor está en utilizarla mientras tenga sentido dentro de la sesión.

También existe una arquitectura del masaje

Cuando trabajo intento que la sesión tenga continuidad. No me gusta la sensación de terminar una zona y aparecer de repente en otra como si empezase un masaje diferente. La persona quizá no sea capaz de explicar técnicamente por qué una sesión le ha resultado fluida, pero esa continuidad se percibe. Para conseguirla importan las transiciones y la forma de enlazar el trabajo, pero también algo más físico: mi posición alrededor de la camilla.

Una parte importante del quiromasaje se ejecuta antes incluso de mover las manos. Elegir desde dónde voy a trabajar condiciona el apoyo que puedo utilizar, la dirección del movimiento y el control que voy a tener sobre él. Si para conseguir presión dependo únicamente de la fuerza de los brazos, mi capacidad para regularla será peor y mi propio cuerpo acabará pagando el esfuerzo.

Cuando el apoyo parte de una postura estable y puedo acompañar una maniobra con el desplazamiento del peso corporal, el contacto cambia. No necesariamente se vuelve más fuerte, se vuelve más controlado.

Para mí esa diferencia es técnica pura. Una persona tumbada en la camilla probablemente nunca piense en la posición de mis pies mientras recibe el masaje. Sin embargo, esa posición puede influir directamente en lo que siente en la espalda.

Ese tipo de detalles son parte del oficio aunque permanezcan invisibles para el cliente.

El protocolo me sirve; el cliente manda sobre el protocolo

Trabajo con estructuras. No creo que personalizar signifique inventar una sesión desde cero cada vez. Un protocolo bien construido ayuda a ordenar el trabajo, gestionar el tiempo y disponer de una secuencia conocida sobre la que apoyarse.

Pero no lo entiendo como una partitura que deba ejecutarse sin desviaciones. Si reservo una hora para una sesión, durante esos sesenta minutos tengo que administrar el tiempo en función de lo que voy encontrando y de lo que el cliente ha pedido.

Eso significa que algunas zonas recibirán más atención que otras. Significa también que una maniobra prevista puede desaparecer porque ya no tiene sentido, o que una parte del trabajo puede prolongarse más de lo que imaginaba al principio. La diferencia importante está en que ese cambio no sea arbitrario.

Adaptar una sesión no es improvisar. Es modificarla con una razón.

Cuando trabajo con clientes habituales esta idea resulta todavía más evidente. Conozco sus preferencias, sé cómo solemos organizar las sesiones y recuerdo qué tipo de trabajo reciben especialmente bien. Pero ese conocimiento no debería convertirse en automatismo. Una persona que lleva meses recibiendo masajes sigue llegando cada día de una manera diferente.

Por eso continúo preguntando.

Y continúo comprobando con las manos si lo que habíamos pensado antes de empezar sigue teniendo sentido cuando la sesión ya está en marcha.

La autoridad del oficio no está en hacer más

Quizá una de las cosas que más he aprendido trabajando es a desconfiar de la necesidad de demostrar. El cliente no necesita que utilice todas las técnicas que conozco. Tampoco necesita que convierta cada tensión que encuentro en un problema que hay que resolver a cualquier precio. Necesita que la sesión esté bien construida.

A veces eso implica realizar un trabajo muy variado. Otras veces, repetir pocas maniobras con precisión y darles el tiempo suficiente. Hay zonas en las que tiene sentido permanecer. En otras, insistir deja de aportar.

También existen situaciones en las que el propio masaje deja de ser lo indicado. El quiromasaje pertenece al ámbito del bienestar; no sustituye una valoración sanitaria. Reconocer cuándo una circunstancia debe ser valorada por un médico o un fisioterapeuta no reduce mi papel como quiromasajista. Forma parte de ejercerlo con responsabilidad.

Ese límite también es oficio.

Lo que intento hacer en cada sesión

Cuando fundé Quiroto quise que la marca expresara una forma concreta de trabajar, no únicamente un catálogo de masajes. Por eso escuchar, entender, adaptar y ejecutar terminó convirtiéndose en una manera muy sencilla de explicar algo bastante más complejo.

  • Escuchar no consiste solamente en preguntar antes de empezar. Continúo escuchando cuando las manos ya están trabajando.

  • Entender no consiste en decidir qué nombre tiene lo que siente una persona, sino en comprender qué espera de la sesión y qué información me está dando el propio trabajo manual.

  • Adaptar significa aceptar que el plan inicial puede cambiar sin que la sesión pierda estructura.

  • Y ejecutar es conseguir que todas esas decisiones lleguen finalmente a las manos de una forma limpia, segura y coherente.


Ahí es donde, para mí, se encuentra el oficio. No en hacer del masaje algo innecesariamente complicado, sino en conseguir que detrás de una sesión que el cliente percibe como natural exista una sucesión de decisiones conscientes.

Cuando eso ocurre, las manos dejan de ejecutar un protocolo, empiezan a trabajar con criterio.

Thomas Delesalle
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Thomas Delesalle · Quiromasajista · Fundador de Quiroto · Afiliado a COFENAT (nº 13850) · Seguro de responsabilidad civil profesional

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